10.6.17

THE HANDMAID'S TALE: EL BOMBAZO DE HULU


Escribo esto después de ver el último capítulo que ha salido de la serie. Aún tiene que salir la season finale, y la verdad, es que no me importa demasiado y no creo que sea relevante a la hora de escribir esas líneas, porque después de nueve episodios que no han ido más que ir en ascenso en cuanto a calidad visual y contenido (guión, actuaciones, esas cosillas), no creo que haya ningún tipo de duda al respecto: The Handmaid's Tale es probablemente la mejor serie del año. Ni Sense8, ni Las Chicas del Cable (no me hagáis hablar por favor) ni 13 Reasons Why ni ninguna otra producción de Netflix le llega a la altura de la suela del zapato a esta pedazo serie que muy lejos de destrozar la obra original en la que se basa, está siendo increíblemente fiel, abriendo además otros campos de la historia que en la novela no se vieron abordados.

The Handmaid's Tale es una obra perturbadora por lo real que es. Que su ubicación sea la sociedad occidental (Estados Unidos para ser más exactos) no es casual. ¿Qué clase de impacto tendría situar una historia así en el oriente próximo cuando vivimos anestesiados con lo que allí sucede día a día? Si a esto le añadimos la victoria de Trump en las elecciones y sus políticas, bien podríamos estar frente a una desafortunada predicción. Y si me llamáis exagerada, solo tenéis que daros un paseo por los periódicos más importantes del país. ¿Os suena una ley que permitía al médico mentir a la madre sobre el estado del feto para evitar que abortara, por ejemplo? Pues así esta la cosa y así se la hemos contado.


Pero ¿de qué trata The Handmaid's Tale? Me centraré en la serie, aunque pocas son las diferencias con la novela del año 85. Fijaos, del 85. Treinta años se dice pronto ¿verdad? pero la cuestión no es esa, al menos por el momento. La cuestión ahora es ponernos en situación.

La República de Gilead, anteriormente conocida como Estados Unidos ha caído en una dictadura religiosa en las que las principales afectadas son las mujeres. Los Hijos de Jacob, que es como se hacen llamar, achacan el cambio climático y la tasa de infertilidad cada vez más elevada, a la falta de fe, al libertinaje y a la homosexualidad, entre otras cosas. Llegaron al poder casi silenciosamente, casi sin que nadie se diera cuenta, gracias a un golpe de estado, precedido por manifestaciones y revueltas por todo el país. Pero ya era demasiado tarde, y las mujeres lo habían perdido todo. Para poder alcanzar la sociedad que Los Hijos de Jacob ansiaban, era necesario dividir a las mujeres en diferentes rangos: las Criadas son úteros con patas: no sienten, no padecen y su único cometido es engendrar un hijo con el Comandante que se les haya sido asignado (en el caso de que su mujer sea estéril, por supuesto, en ningún momento se pondrá en duda la fertilidad del hombre, es algo que podría llevarte a la muerte). Mediante un perturbador ritual mensual en el que la criada será violada por el Comandante de turno mientras ella tiene su cabeza apoyada en el regazo de la Esposa, se espera que nazcan niños sanos para poder regenerar la población del país. Dicho ritual está basado en la historia de Jacob en la que Raquel le pedía hijos a Jacob, y al no poder dárselos porque ella era infértil, ésta le ofrecía a su criada como camino alternativo. Ella pariría a los hijos de Jacob y pasarían también a ser los de Raquel, no teniendo ella ninguna potestad sobre los mismos.
Por otro lado están las Esposas, las mujeres de los altos cargos de Gilead. Su función es básicamente de adorno. Y si alguna vez llegan a conseguir un hijo, su objetivo vital a partir de entonces será criarlo. Las Marthas son mujeres que ya no son fértiles, pero de rango bajo, que quedan relegadas a las tareas domésticas en casas donde viven Comandantes y Esposas. Es eso o ser declarada No Mujer y ser enviada a las colonias, donde pueden desde recoger algodón y otro tipo de cultivos, hasta limpiar residuos tóxicos y morir. O crees en Gilead, o te espera la muerte.
Las Criadas visten de rojo. Las Esposas de azul. Las Marhas, de verde. Y por supuesto cada color tiene un significado.
Hay más categorías pero no voy a decirlas porque algunas solo salen en los libros y otras serían spoiler, pero pone los pelos de punta ¿verdad?


La adaptación es, como poco, sobresaliente. Ya hablé un poco por encima de los puntos que más me llamaron la atención cuando solo habían lanzado los dos primeros episodios, pero a ello he de sumarle otros muchos detalles. Los planos, cuidadísimos, dignos de una producción cinematográfica, el juego constante con los cambios de temperatura de color (de un amarillo enfermizo para cuando las escenas se sitúan en Gilead, fríos cuando estamos frente a un flashback posterior a la República y la guerra) y el uso de una voz en off que muchos consideran abuso por no saber como afrontar una historia así sin acudir a este recurso me parecen de diez. Si, la voz en off puede estar muy vista a estas alturas de la historia audiovisual, pero en The Handmaid's Tale no solo es necesaria, si no que se usa de una manera magistral. Todo lo que June no puede decir en voz alta, toda su forma de ser y sus verdaderos sentimientos salen a relucir en esos momentos. La voz en off no solo se utiliza cuando June está a solas, si no cuando está en una conversación con alguien: mientras su boca dice algo, ella piensa otra cosa bien distinta y, muchas veces, a pesar de la crudeza de la situación, no podemos evitar soltar una carcajada con esos pensamientos porque son tan crudos y tan sinceros que no se corta a la hora de expresarlos ya que ¿quién más está en su propia cabeza? Solo nosotros, y ella no lo sabe.


La elección de actores ha resultado algo controvertida. No por June o las demás criadas, si no por los Waterford, la familia en la que está June. En la novela son una pareja de ancianos, mientras que en esta versión se han escogido a Joseph Fiennes y a Yvonne Strahvoski, mucho más jóvenes y atractivos que los personajes en los que están basados sus papeles. Y es comprensible, ya que se temía que, al utilizar a unos actores tan atractivos, todo resultara mucho menos perturbador e incluso romántico. No ha sido así. Joseph Fiennes en su papel de Comandante Waterford resulta incluso más repulsivo que el de la novela. Es una demostración de que da lo mismo la edad y el físico, una moral dudosa y un comportamiento nauseabundo no se excusan con una cara bonita. El lenguaje corporal, sus expresiones faciales y sobre todo, lo que dice, dejan muy claro que Waterford no es un personaje por el que vayamos a sentir simpatía. Es más, a cada capítulo resulta más repulsivo. Elegir a un actor joven y atractivo ha sido la manera perfecta de demostrar que la maldad y el fascismo no tiene edad ni un físico concreto.

Algo más ambiguo resulta el personaje de Serena. No por su juventud y su belleza, si no por lo que le ha tocado vivir como mujer. Y es que por mucho que ella apoye un sistema que ha enterrado cualquier posibilidad de destacar, por mucho que ella haya sido una de las impulsoras de la política de Gilead, quedar relegada a un puesto florero no le sienta nada bien. Pero traga, porque cree que es lo correcto. Serena siente remordimientos hacia June, y a la vez la odia. Prefiere culparla a ella antes que admitir que cometió un error. No es algo que se explique en la serie, tienes que leer muy bien el lenguaje corporal e interpretar sus acciones, pero es algo que está ahí. ¿Es menos culpable? Es cómplice como poco. Pero al final en Gilead, todas las mujeres están condenadas. Nunca será comparable el sufrimiento de June, las violaciones, las vejaciones, la infantilización... nunca. Pero eso no quiere decir que el resto de mujeres de Gilead lo tengan bien, por mucho que su posición social sea elevada.


La demostración más cruenta de mujeres odiando a mujeres que se puede ver, sin embargo, es la de las Tías, las encargadas de adoctrinar a las Criadas y prepararlas para su nueva vida de vientre subrogado. E incluso ellas pueden llegar a ver lo injusto de algunas cosas horribles que les hacen, incluso ellas, que han mutilado, humillado y condenado a muerte a otras mujeres parecen tener cierto nivel mínimo de conciencia. Una vez más, esto no las excluye de nada, pero es fascinante como, de nuevo, su lenguaje corporal, sus miradas, sus actos pueden decir más que unas palabras. Es escalofriante.

Y es que me centro en las actuaciones y en esos matices porque son los que marcan la diferencia. Porque a pesar de que estos personajes, que muestran tener conciencia en momentos fugaces, cuando les conviene, siguen apoyando un sistema cruel, represivo e inhumano. La historia sigue adelante. Y no es ni más ni menos que la historia de una revolución. O con nosotras o contra nosotras, no hay término medio. Y June eso lo sabe muy bien. Porque a June no le sirve de nada que Serena tenga dudas o que a una de las Tías ciertas actitudes puedan resultarle injustas porque "sus chicas" son "buenas". June ve la realidad, y la realidad es que son prisioneras, y que estas mujeres colaboran. Y en cuanto al Comandante, da igual lo guapo que sea, solo le interesa una cosa. Para él, ella es un objeto, algo que hace sentirse bien, que tiene que darle la razón en todo momento. Algo que le hace sentirse atrevido, una aventura, algo excitante en su vida. Ya sabes, "a mi no me preguntes, solo soy una chica".


La novela me apasiona, me parece que nos muestra a una June mucho más derrotada, que no busca la revolución, que solo quiere sobrevivir y encontrar a su hija. Pero la ampliación que se ha hecho en la serie de la historia principal requería una personalidad más espabilada. June (que en la novela no tiene nombre, por cierto) al principio vive anestesiada y resignada, pero poco a poco comenzará a abrir los ojos y a ser menos pasiva que su equivalente literario.

Dentro de poco haré una reseña de la novela, ya que con motivo de la #LCMargaretAtwood que organizaron en Adopta Una Autora, lo releí y me dio mucho más que pensar, aún más que cuando lo leí por primera vez. Pero hasta que eso pase, os dejo con mis impresiones de esta magnífica producción de Hulu. Ojalá más series así, de verdad lo digo.

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